LA DOMADORA DE LEONES

Me encontré, un día, con un tipo con mirada de jugador de póker, en una de esas maravillosas fiestas que el maestro S. Caneda (+) habitualmente ofrecía, en su taller, a artistas y allegados; iba acompañado de una encantadora domadora de leones. Comimos, tomamos unas copas y hablamos de arte, de lo humano y de esas cosas extrañas difícilmente clasificables, de esos temas sin rigor, aparentemente banales,  pero de los que, a veces, surgen ideas brillantes y esclarecedoras; fue, en fin, el principio de una entrañable amistad. Hablamos largamente, recuerdo, de la creatividad y en ello coincidíamos con J.J. Millas: que nace del conflicto.

La abstracción sincera y gestual de esta obra, que parece emerger de una caligrafía secreta y con un vocabulario propio,  tiene evidentes afinidades con el informalismo estético próximo al Action Painting. Es una narrativa compleja construida a base de manchas de color fluidas y trazos impulsivos que, con sus ritmos rotos, a veces retorcidos, derivan en composiciones dinámicas que sugieren el movimiento, la improvisación y un temperamento convulso y combativo. Prescinde de todo tipo de figuración y no se deja tentar por cualquier composición que se acerque a la simetría. No hay, prácticamente, discriminación de colores: verdes, naranjas, amarillos (poco habituales en su obra anterior), azules, rojos, violetas que mezclados con técnicas libres y espontaneas como la utilización de las manos, el pincel, el chorreo y los garabatos de grafito (rápidos, nerviosos y contundentes) sugieren un estado de ánimo positivo, vital y radical; parece como si el artista estuviese poseído por un poderoso hechizo que le obligase a una actividad de desmesurada excitación, y es así como trabaja Victoriano: excitado; excitado por el color, excitado por la composición, excitado por la visibilidad y equilibrio de la obra, y excitado por la exploración, cada vez más intensa y rigurosa, de las regiones más profundas y desconocidas de la pintura abstracta.

Da la impresión de que, por la forma de hacer y actuar de este artista nigromante, vive o está en un estado próximo a lo que Jorge Wagensber calificaba como el Gozo del Conocimiento, el gozo de la sabiduría, el gozo de la inteligibilidad y la belleza y que, de algún modo, lo transmite a los que nos acercamos a su obra  impregnándonos del gozo de la contemplación, del gozo estético.

Comentaba Ítalo Calvino, en su ensayo póstumo sobre la Visibilidad (incluido en Seis propuestas para el próximo milenio) que “…Dante comprende que esas imágenes (del Purgatorio) llueven del cielo…”; en este caso a Victoriano las imágenes que nos presenta, también le llovieron del cielo unos días de tormenta, de excitación y de conflicto.

Jesús Montero

EL POLEN DE LO HERIDO

Cuando un pintor de los que uno llama “inspirados”, en contraposición a los que considera “profesionales”, alcanza ese punto de unidad y acierto al que solo se accede tras la travesía de algún que otro desierto doloroso, la aproximación a sus obras se convierte en una experiencia en la que se recibe, como en el polen de una flor recién abierta, una especie de memoria condensada, una bocanada de recuerdo, elaborado y metamórfico, que rinde cuentas de lo vivido, lo sufrido, lo conquistado y lo asimilado.

Llamamos arte a esa condensación, a esa masa crítica que al hacer explosión genera el caos del que emanará después un orden de nueva dimensión, de nueva naturaleza. La Belleza hace entonces acto de presencia, toma forma y proclama el don secreto que la hace ser. Llamamos arte a un residuo exquisito en cuya génesis estuvieron presentes la angustia, la duda, el enigma y el fecundante dolor del existir. Llamamos arte a una danza que esquiva la muerte y deja en el aire una caligrafía cargada de mensajes. Por eso nos gustan los artistas inspirados, porque en ellos ese residuo suele ser como un vino de calidad extraordinaria, fruto de una fermentación conducida desde un saber llevado al límite. Así procede el artista, como alguien que cultiva, cosecha, prensa, fermenta, elige, mezcla y clarifica.

Cuando conocí a Victoriano, cuando observé sus tanteos, sus dudas y aquellos titubeantes logros que de pronto se abrían como los brotes de los grandes árboles, tuve la sensación de hallarme ante alguien perteneciente a la estirpe de los ladrones de miel, de los que hablaba Nietzsche, de un pintor que sabría andar solo por el monte, haciendo suyos, con su paso, los caminos de la creación. Pliegue, catástrofe, arrebato o germinación, son huellas que nuestro artista ha rastreado en busca de una pintura propia capaz de estar a la altura del deseo bien acotado: ese es el proceso, el método, el camino. Su brújula funcionó en pleno desierto.

Nada le produce a uno más placer, pero también más zozobra, que el escribir acerca de un pintor con cuya obra disfruta: goce ante la presencia y el florecimiento de un talento fraterno y desazón ante el hecho de no acertar a exponer mejor su pensamiento al respecto. Quisiera uno ser capaz de escribir lo que siente ante la evidencia de una maduración gozosa como la que veo producirse en la obra de Victoriano, y de lograr, al mismo tiempo, aportar los argumentos necesarios para servir a tal propósito. Solo me siento capaz de declarar mi admiración, de hacer visible mi reconocimiento, y de invitar al público a aproximarse al banquete que estas obras ofrecen, con la mirada bien atenta y los cinco sentidos en tensión. No todos los días se asiste a la eclosión de algo tan logrado y provechoso; el goce intelectual no siempre va abrochado al de los sentidos. Y cuando discurren trenzándose y potenciándose mutuamente, es cuando el daimon de lo extraordinario se manifiesta y nos envuelve.

Carlos León

LA DOMADORA DE LEONES Y EL CAMBIO RADICAL

Pintar el paraíso, con sus sombras, y el cielo absoluto.
La negación es, a veces, un gran SÍ.
La negación (es blanca) como la afirmación de lo desconocido,
y de la posibilidad de que suceda algo bueno.
NO quiero aquí desentrañar los hechos que conducen a los gestos, ni los motivos por los que Victoriano Fernández ha dado un nuevo salto al vacío, en mi opinión el más arriesgado dentro de su ya arriesgada trayectoria. Fiel a sí mismo, una vez más, no busca el camino fácil. El fin de su pintura no es complacer y mucho menos la autocomplacencia, parte de una reflexión y una autocrítica que comienza en su propia obra, y aquí el reto: trasladar al espectador la misma inquietud, la misma reflexión y el mismo tempo; un reto contemplativo que debemos afrontar inmersos en esta distopía de tendencias perecederas y cada vez más conscientes de nuestra efímera estupidez. ¿Será posible?… SÍ, ES POSIBLE, si nos detenemos un instante, ETERNO, y siempre y cuando se den las condiciones pictóricas adecuadas a nuestro desencuentro existencial enésimo punto cero.

Hablando con Victoriano acerca de su nueva obra escuchaba, a cada poco, el mantra: “pintura 100%”. Es el resumen de la dificultad (y el acierto) de un artista que habla de su propia obra y, sobre todo, cuando está en proceso. Aún tiene un pie en su anterior etapa y hay un esfuerzo lógico y consciente en el desaprendizaje como herramienta creativa; pero pensando sobre el concepto de “pintura 100%” creo que he comprendido (y seguro que Victoriano NO piensa igual) que la esencia de esta nueva pintura… es la pintura misma, sin contexto: Tiépolo y Cy Twombly, el Barroco y las tintas chinas y japonesas, Rembrandt y De Kooning. Es el incómodo juego de vivir sin contexto en un multicontexto: nuestro día a día de “tags”, etiquetas, referencias, conceptos y tendencias… es el fruto de un estudio en un estudio (en el mundo).

En este (sin)sentido, la actualización del software pictórico de Victoriano nos debería inspirar (al cambio) a transmutar los TAGS: “técnica, estudio, precisa, compositiva, horizonte, objeto”  por los “tags” (en minúsculas): “ritmo, proceso, gesto, parte, universo, emoción”. Es una actualización del lenguaje, adaptado y crítico con nuestro tiempo (o nuestra falta de tiempo y la esperanza de recuperarlo).

De la “técnica” al “ritmo”: La técnica se difumina al compás de un ritmo casi imperceptible, pero constante. El tempo expositivo se alarga y el diálogo con la pintura se vuelve más personal y a la vez más distante. La indecisión en el trazo es un fenómeno más temporal que espacial. Nuestra relación con la obra no es “lo que queremos ver” sino “lo que estamos viendo”.

Del “estudio” al “proceso”: El proceso, sin ser objeto de estudio, se impone a lo aprendido y asimilado. La meta es el camino y la pintura se orientaliza. Es la pescadilla que se muerde la cola, aquí en Galicia, y el eterno retorno allá en el Tíbet. Definitivamente, occidente ha fracasado.

De lo “preciso” al “gesto”: Rejuvenece el trazo y el guiño a la infancia, a lo personal y a lo pasajero. La precisión ya no se mira con lupa sino con telescopio y con perspectiva. Vagas grafías inacabadas como parches de nuestra enseñanza sin contradicciones que gritan en voz baja: “.. y si me equivoco?”

De lo “compositivo” a la “parte”: La obra es un fragmento al servicio del proceso, de la vida. No hay recursos compositivos evidentes, sino vestigios de lo que eran: son elementos incompletos, más temporales que materiales. No es un episodio ni un resumen, la obra continúa más allá de sus márgenes espaciales porque es una parte de algo que está en constante expansión, al igual que nosotros. No estamos “hechos”, nos estamos “haciendo”.

Del “horizonte” al “universo”. Adiós al eje de coordenadas y a nuestra ubicación. De la geolocalización a la materia.  Lo macro y lo micro confluyen en un lienzo de dimensiones desconocidas. Ya no miramos al frente sino hacia arriba o hacia abajo. Nosotros decidimos.

Del “objeto” a la “emoción”. No quiero poseer un cuadro. Quiero formar parte de todos.

Es pues un canto pictórico, eterno e inmaterial. Es la emoción frente al objeto, Oriente vs Occidente, consumismo (temporal) de supervivencia (espiritual). Una mancha hermosa en nuestro currículum, un experimento del pasado en un presente continuo, un mar de dudas que se funden con las nubes de nuestra cuna, una revuelta de la infancia no reglada, una maraña de lápices y pinturas comunes en un aula de recuperación, un universo limitado por el tiempo, un espacio ilimitado en nuestro estado de ánimo… Es la domadora de leones frente a un semáforo sin dimensiones. Es un canto de fondo….. muy jondo…. y vagamente preciso. Es exacto en nosotros mismos.

Roge Fdez

VICTORIANO FDEZ. (A Coruña, 1971).

Comienza su trayectoria en Santander, ciudad en la que vivió desde los cinco años, realizando su primera exposición de carácter figurativo con diecisiete. En su formación es fundamental la obra de dos pintores santanderinos, Eduardo Gruber y Gonzalez Torre, para decantarse por la pintura abstracta.

En 1993 regresa a La Coruña, y el año siguiente la galería Obelisco le da la primera oportunidad en la ciudad. Ese mismo año conoce a Antonio Garcia Patiño y a Xoti de Luis que le introducen en el mundo artístico de la ciudad.

Ha realizado talleres con Carlos León, Daniel Canogar, Eduardo Arroyo, Agustín Ibarrola y Manolo Quejido en el Museo de Arte Contemporáneo Unión Fenosa. Cuenta con una larga trayectoria y está reconocido como uno de los pintores gallegos de mayor proyección; fue II Premio en el III Salón de Otoño de La Coruña.

A lo largo de su carrera ha realizado múltiples exposiciones individuales y colectivas. Su obra forma parte de los fondos de la Real Academia Gallega de Bellas Artes, Palacio de Congresos Exposiciones de A Coruña, la Cámara Minera Gallega y el Museo de Arte Contemporáneo Unión Fenosa entre otros.

El estilo de Victoriano ha estado siempre ligado a la abstracción (informalismo, minimalismo, abstracción lírica y expresionismo) con un gran contenido simbólico y creativo.