Desde el 5 al 28 de febrero de 2015 quisimos compartir con todos vosotros nuestro recuerdo a Santiago Caneda, fallecido en A Coruña el 3 de septiembre de 2014.

Fue un acto abierto a todos sin excepciones, a los que estaban más cerca de él y a los que conocían su trabajo. Una escogida representación de obras de las distintas etapas y técnicas de su carrera artística fueron presentadas junto con objetos personales, fotos, vídeos y algunas curiosidades de su prolífico legado.

CANEDA EN LA MEMORIA

Aquella tarde me dediqué a ver viejas fotografías, dibujos y alguna epístola que hablaban de un pasado cargado de vivencias, me acordé del Rayuela (el de la taberna, el de Cortazar y el del juego de la infancia), de noches de farra con la muchachada en la Gata y de cadáveres exquisitos en el TBO. Me acordé de Caneda trabajando y guisando entrañables amistades, lo recordé, en fin, como decía el poeta, amar amando, conquistándonos. Él me mostro el arcano que nos descubre la materia con la que se construye el territorio: la Pachamama; la del Courel y la de la Pampa, la madre que fluye de la tierra, telúrica y evanescente, me mostró la mar incontrolable (Neptuno) y el insaciable fuego (Vulcano); la luna, la noche y las escaleras al cielo. Me mostró las mitologías y personajes que poblaron su imaginario, los Ícaros, las Gorgonas, los Pájaros (el tenía la idea de la Libertad metida entre ceja y ceja y, para él, el pájaro era su símbolo por antonomasia. «La Libertad es un pájaro», me dijo un día ejecutando un extraño dripping de acrílico azul sobre papel); los Guerreros y los Robots reflexivos y con sentimientos a la manera de Kubrick; sus gatos, caminantes y lunáticos, damas y cortesanas; voyeurs, lutieres y la improbabilidad de la composición y del color. Me acordé de aquel tipo que dudaba entre una hoz y un martillo amarillos sobre un fondo rojo, una A inscrita en una circunferencia sobre fondo negro o, acaso, una calavera sobre dos tibias cruzadas sobre fondo negro. Así era. Me acordé de las tortuosas escaleras de Puerta de Aires y del olor a trementina, de las fiestas gauchas en el estudio de la calle del tren, de las timbas de truco (que nunca entendí) regadas con mate y Fremat, Yupanqui y Pappo’s blues. Como El Hacedor de Borges, descendí a su memoria, que me pareció interminable…. En fin, aquella tarde comprendí el significado de la ausencia.

Jesús Montero
A Coruña, febrero 2015

LLEVARLO A ÉL, LLEVAR A SANTIAGO CANEDA BLANCO

¿Cómo enfrentarnos a este silencio? ¿Cómo aprender a convivir con este silencio? ¿Vamos a dejar que el vacío venza a esta plenitud, a Santiago Caneda Blanco? (Me refiero a la palabra y al amigo, al padre, al hermano). Somos testigos de su tiempo, de su espacio, de su capacidad para ser sinónimo de amistad, de libertad, de arte, de inmortalidad. Testigos como somos, guardamos ese tiempo, y asumimos, queriendo o sin quererlo, la tarea de seguir caminando el tiempo sin su tiempo, o mejor dicho, vivimos nuestro tiempo sin él llevando su propio tiempo (y hay que ver cómo lo llevaba, qué maestría para llevar su propio tiempo). Tal vez eso quería decir para Celan que “El mundo se ha ido, yo tengo que llevarte”. Hay un mundo en cada forma de llevar el tiempo, y es imposible compartirlo. Sin embargo, algo pasa (tal vez a eso llamamos “la muerte”), que hace compartible un tiempo. Cuando un amigo muere, su tiempo queda entre nosotros, se fragmenta su reloj. Hay una bella costumbre asiática que tal vez se guarde en este verso, en esta ausencia. Al separarse durante tiempos inciertos, los amigos se reúnen y rompen una vasija, cada uno se lleva un pedazo. Con el objetivo de arreglar lo que está roto, se reúnen, arreglan esa vasija, arreglan, sobre todo, la capacidad, lo que da sentido a la vasija, su ser, su capacidad de contener. “La muerte” es a veces la ilustración de la imposibilidad de reunir ese ser, esa capacidad. Si todos sentimos el dolor de ese pequeño verso de Celan, es porque cada uno tiene un pedacito de esta vasija, de ese tiempo, de esa palabra, Santiago Caneda Blanco.
(Y, no hace falta aclararlo, sabemos que cada una de sus obras son otro fragmento de esa vasija. Por algún calculado azar de las palabras, de la vida y de la muerte, lo mismo que nos hace guardianes del tiempo, de la memoria, del ser de las vasijas y las personas, nos vemos convertidos en una obra más de Santiago).

Santiago Caneda Lowry
A Coruña, febrero 2015