9 de Noviembre 2018 / 7 de Enero 2019

En 1984 un joven José Manuel Castro expone, junto con Manolo Paz, Belloti, Tony Gallardo y Susana Solano, en la galería gurú de la Movida Fernando Vijande; un año antes en las mismas salas del garaje de Núñez de Balboa de Madrid lo había hecho Andy Wharhol. Castro no es un “canteiro” con oficio;  el Arte de José Manuel Castro destila  metafísica. En ello se empeña.  No sabemos como comprendió la secreta morfología del cuarzo y de la piedra morceña, del granito y de los cantos oxidados del río Anllóns, pero sí conocemos que en sus recientes susurros con las piedras de esta exposición, acuerdan que esta se presente en su proceso metamórfico en el que su tosquedad y ruda fortaleza muta en líquido, en charcos y lágrimas, en telas, puntillas y flequillos, o acaso medusas o cueros curtidos plegados. A base de escofina, cincel, más oxido férrico, creatividad,  paciencia zen y grandes dosis de la herramienta mágica del arte (que es lo que forma parte y compone su liturgia);  la entendió y las transubstanció emergiendo suisekis galaicos que nos invitan -como en el arte oriental- a su pausada y reconfortante contemplación.

Esta muestra forma parte de un episodio más que da continuación a esa factoría de ilusionismos y trampantojos (hasta ahora normalmente asociados al arte pictórico) de Castro, mas allá de sus cuarzos doblados, de los granitos grapados, de los pliegues y lambetazos, de los “peiteados” y las piedras libro (abierto), que recuerdan pasajes del surrealismo mágico; ahora se nos aparece la piel de piedra envuelta en textiles, depositados sobre ella, brotando en un pinchazo fluidos vivos  o cosiendo sus heridas, un trabajo en constante exploración de una geografía plástica que se va ensanchando a medida que se va descubriendo, dejando para siempre su magia de energía vital impregnada en la nueva substancia hecha escultura.

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