Del rincón en el ángulo oscuro,
de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo…

«No se cuando nací y sería una grosería que, a una coqueta alacena como yo, se lo preguntases. Aunque realmente, en mi fuero interno, me debato entre querer saberlo o preferir ignorarlo. En cualquier caso y aunque lo supiera nunca te lo diría. Si me ves desvencijada será que tengo muchos años y estas oxidadas bisagras de mis puertas de formica han trabajado duro para conservar y guardar los alimentos y los utensilios con los que he alimentado a varias generaciones de tus ancestros. Si te parece que estoy estupenda será que yo misma me conservo muy bien. En cualquier caso, aunque tú no debas saberlo, para mí es importante datar mi fecha de nacimiento. Al menos conocer el año.
No es tarea fácil, y no creas que a mi edad la memoria me flaquea, no es eso. Si tú hubieras pasado los últimos años de tu vida abandonada en un decadente ático olvidado, con la única compañía de excretantes palomas, siendo devorada en vida por gusanos tragaldabas, sintiendo crujir bajo mis estilizadas patas y soportar en torno a mis sensibles rejillas auditivas los vetustos pontones de madera; comprenderías mi consoladora amnesia traumática.
Nací en Medina del Campo Mi padre, Carlos Velasco Angulo y mi madre, María Cadenato Delgado, me crearon allá por los años 50 en su próspera factoría que entonces llevaba el nombre de mi padre y que años después pasaría a llamarse “Muebles JoyCar Sociedad Anónima”.
Me llamaron Icar, sé lo que estas pensando y estas equivocado, Icar es nombre de chica. Mis padres tuvieron la “gentileza” de atornillármelo en la frente al crearme y al final voy a tener que agradecer esta estigmatización al constituir evidencia de una de las pocas fes de mi existencia.
Mi primer recuerdo se remonta a un canicular verano en una infinita nave donde hacinados anaqueles, aparadores, mesas, sillas y algún soberbio señor armario, esperábamos traslado hacia lo que sería nuestro primer hogar. Vestíamos a la última, de uniforme de formica aguamarina con madera pintada en blanco – mi lencería, inmaculada, también era blanca- Lucíamos atractivos, resplandecientes.
Soportamos una férrea educación gracias a la influencia directa de mi abuelo, D. Carlos Velasco, militar franquista que llegó a tener calle en Medina y que con eso de la memoria histórica recientemente se la quitaron. La memoria… cómo recordar si nos empeñamos en olvidar…
Me convertí en una elegante y esbelta señorita de 1,68 de altura. Me formé para lo que me habían concebido, servir, guardar, ordenar y conservar convenientemente alimentos y menaje de cocina. Mis dos puertas superiores acogían el espacio para albergar los perecederos, mediante mis orejas ventilaba para evitar putrefacciones y olores indeseables; ¡no sabéis las desagradables ventosidades que liberan los pescados en salazón o las mixturas de aromas de cebollas, quesos y embutidos bercianos!. Mi metro de anchura me dotaba de una excelente capacidad, mi cajón central a la altura perfecta se ocuparía de mantener en formación a los insurrectos cubiertos; a su lado la puerta vertical servirá de apoyo eficaz a la barra de pan y mis puertas bajas recogerán el utillaje de cocina. Estaba preparada.
Y por fin llegó el día. Había encontrado mi primer empleo, por fin me querían, entraba a servir. Me debatía entre la ilusión y la ansiedad cuando, sin previo aviso, me tatuaron en mis partes traseras el nombre de mi padre, Carlos Velasco Angulo, mi lugar de nacimiento y mi destino. Me hicieron saber que era por mi bien, no querían perderme. La emoción anestesiaba el dolor.
Me iba a La Coruña a una calle llamada Panaderas (sonaba bien como destino para una alacena) mi puerta vertical estaba exultante. El trayecto fue largo y penoso; viajaba con tres de mis hermanos y como el transportista no sabía nuestros nombres se pasó todo el trayecto llamándonos bultos o armarios. Yo desde mi altanería adolescente no dejaba de gritarle que me llamaba Icar, pero por algún extraño motivo parecía no escucharme.
Los cuatro habíamos sido contratados para la misma casa. Llegamos. Calle Panaderas 34, casa del señor Antonio Conde; su familia tenía enfrente, en el número 51, una colchonería.
Era una elegante casa de planta baja, primera con balconeras, dos plantas de galerías y una bohardilla. Flanqueada en un lado por la casa del cura (que a su vez colindaba con la iglesia de las Capuchinas) e, irónicamente, por el otro lado, un poquito más allá, muy cerca, se abría la calle del Papagayo. Como soy una dama solo apuntaré, para quien lo desconozca, que aunque la frecuentase el cura y abundaran los misioneros, allí no se iba exactamente a rezar. Con la emoción y el cansancio del viaje me quedé dormida y no percibí en que planta me instalaron. Allí… comencé a servir.
Mis recuerdos de aquella época están borrosos; prefiero utilizar el olvido para suponer una etapa eficiente y feliz en mi vida útil. Aquellos tiempos solo se vieron ensombrecidos por noticias de casa. Mamá y papá estaban teniendo problemas con “Muebles JoyCar Sociedad Anónima”; la crisis de los 80 no perdonaba a las empresas familiares y los bancos mucho menos. En 1985 La maquinaria que había ayudado a crearme había sido despiadadamente embargada.
La vida en Panaderas continuaba rutinaria y los años seguían cayendo del árbol del calendario. Pero en 1995, este equilibrio fracasa. El barrio, el que me vio llegar lustrosa cuarenta años atrás, había ido degradándose y la seguridad en él se agrietaba. Por la ventana y desde mi atalaya en la cocina, podía atisbar cada día el progreso en el deterioro de las edificaciones, calle del Hospital, del Papagayo , el descampado entre ellas convertido en vertedero, y mi frente de manzana. Nadie podía sospechar que no mucho mas tarde sería, también yo, víctima de un olvido semejante.
Estaba escrito. Finalmente la especulación urbanística vestida de regeneradora urbana propinó su golpe definitivo. Mi expatriación, decían los nuevos profetas, era incuestionable en aras de un gentrificante urbanismo y de la exterminación del trasnochado barrio chino.
No teníamos donde ir, estábamos próximos al fin de siglo con sus augurios apocalípticos. Mis jefes, el matrimonio Conde, estaba mayor y tocado por la nostalgia, esa tristeza que solo sienten los humanos cuando tienen que abandonar lo que fue su hogar y el de sus hijos. Esas paredes que amarillean cuando se retira el cuadro.
Una llorona tarde de Marzo, año 2000, salía por segunda vez en mi vida a la calle. Me ubicaron en la buhardilla de la cuarta planta de la casa 7 de una calle llamada Rubine. O yo había crecido mucho estos últimos años, (estaba más próxima a menguar) o algo estaba fuera de escala; las vigas de madera casi rozaban mi nombre y su inclinación provocaba en mí un desasosiego indescriptible. Era una casa también de alquiler que nada tenía que ver con la espaciosa casa de Panaderas. Mi cocina era la estancia más amplia de la casa y al llegar me presentaron a una aburrida pileta y a su marido, un fregadero de obra. Desde Panaderas me habían acompañado en el viaje una silla de eskai y una mesa con apariencia provisional; el salón era pequeño y solo iluminado por una “mini” ventana en la cubierta y lo que querían ser dos habitaciones eran oscuras estancias del bajo-cubierta con puertas para enanitos y en las que las camas se encajaban cual puzzle. Me comentaron las escaleras que allí antes había vivido el portero del inmueble hasta que fue sustituido por la escopeta nacional (o instalación de portero automático); después la habitó algún bohemio y más de un residente circunstancial.
La señora Conde, arrastrando las zapatillas con la pesadumbre de los años y la añoranza de lo ya vivido, se esforzó en tejer unas cortinillas de cuadros rojos y blancos que ocultaban la parte baja del fregadero y a juego y sin convicción, me insertó un piercing rojo en el lóbulo de mi oreja derecha del que colgaba el paño de cocina.
La melancolía se llevó a mis amos, les vencieron sus recuerdos, les derrotó el insaciable olvido, no pudieron superar la melancolía, ellos fueron los primeros ignorados. Cuando ya no estaban nadie podía recordarme y como ellos, inadaptada y desubicada comienzo a tejer mi propio olvido. Hoy, contigo, me animo a compartirlo.
Por cierto, busco trabajo.»

Valle García