…Instintivamente, ya se había adiestrado en el hábito de simular que era alguien, para que no se descubriera su condición de nadie…

Everything and nothing. Jorge Luis Borges

Festival Citinart
Jardines Méndez Núñez, A Coruña
30, 31 de mayo y 1 de junio de 2014

Performance y vídeo-instalación realizadas por Victoriano Fernández y Roge Fdez, con Diego Veiga como narrador, según una idea de Jesús Montero. Proyecto comisariado por MONTY4 y presentado en el festival CITINART 2014.

Se trata de una crítica reflexiva, desarrollada a través de diferentes medios (audiovisuales, plásticos y performáticos) sobre la naturaleza del arte contemporáneo, las nuevas técnicas y la vocación del artista, basada en la obra (literaria y cinematográfica) Teorema de Pier Paolo Pasolini.

Teorema cuenta la historia de una relación sentimental hexagonal en la que un visitante irrumpe en la rutina de una familia pequeño burguesa de Milán. La presencia del extraño, y sobre todo su ausencia posterior, sacudirá la existencia de los miembros de la familia, destruyendo la base de su sistema de creencias. La performance y vídeo-instalación se centran concretamente en los capítulos 9 y 11 de la novela en los que el personaje del hijo, Pedro, utiliza el sentimiento de frustración y angustia, que deja la ausencia del visitante, para crear arte. Get laid in Texas easy and anonymous at your-dating-info. Su falta de talento y vocación real le impulsa a experimentar con nuevas técnicas, sin ningún éxito.

El proyecto es la radiografía de un estado creativo lleno de incertidumbres, donde se evidencia falta de imaginación y carencia de profesionalidad o técnica del personaje creado por Pasolini.

«Ya no se dibuja con un carboncillo, sino con un pincel grueso, inclinado sobre ese papel como un obrero que construye un pavimento.

Pero sigue quejándose sordamente, murmurando con angustia que ese dibujo no se le parece, no se le parecerá nunca y si se le parece, será largo repulsivo y absurdo, que lo ha encontrado en el vacío (así, anheloso, con un pincel en la mano) y lo dejará en el mismo vacío. La pobre Emilia nueva, que le llevará una Coca-cola, lo sorprende en pleno monólogo. Y, como criada, escucha esas vehementes predicciones de su amo acerca de su propio futuro: un modo cualquiera de apropiarse del futuro, convirtiéndose en autor, en artista, en creador. Pero a las temerarias afirmaciones -dirigidas a la criada reverente-, siguen enseguida las sordas ironías de la duda, las frías cavilaciones de la angustia.

Dibujar, pintar…convertirse en un autor: mientras tanto, esto no es más que exhibirse, correr el riesgo de ponerse en contacto con un mundo que debe aprenderlo todo de quien se presenta y lo aprende sin tenerlo en cuenta, como si fuera un predestinado, un invitado del cielo: y así ignora su soledad, lo que cree ya hecho para vivir públicamente, en un lugar donde no existe -con justicia, en este caso- la menor piedad.

Además, por qué pruebas humillantes debe pasar un artista… Qué mezquindad este pincel, estas travesuras de contornos, manchas, esbozos trazados sobre unos pedazos de papel pegados! De qué pobres instrumentos, de qué medios tan viles debe servirse! Qué puerilidad esta técnica, este inevitable momento práctico y manual, este inclinarse de colegial sobre una hoja para hacer trazos en ella, con aplicación, como si fuera la primera vez, con la lengua afuera, los ojos exaltados y una vergüenza terrible que invade todo el cuerpo transformado en una maquina!

…Todavía curvado sobre las hojas, Pedro ensaya nuevas técnicas procurando superar la vergüenza de las técnicas normales. Tiene a su alrededor, en desorden, colores al oleo, a la acuarela, a la tempera, al pastel; pero lo que más impresiona es la presencia de materiales transparentes: celofán, grueso o leve, gasas y vidrios, sobre todo vidrios.
Mientras prueba esas nuevas técnicas -solo en ese jardín, como un perro- Pedro no pierde el habito de hablar, de juzgar, de quejarse, de comentar para si lo que hace. Y lo que hace sigue produciéndole la misma repugnancia. Con un pincel traza la forma de una cabeza (¿siempre la cabeza del huésped?); después pega sobre el cartón (la cola es amarillenta, y él no se preocupa de que el oleo, aun fresco se corra) un pedazo de gasa y con un pincel embebido en un azul turquesa hace dos manchas en el lugar donde presumiblemente estarían los ojos. Después, siempre sin cuidarse de las posibles corridas, apoya sobre el cartón y la gasa un gran trozo de vidrio: en el, con el pincel embebido en un sepia claro, traza en torno de las manchas azules de la gasa (que se translucen bajo el vidrio) y dentro del contorno negro del cartón (que se transluce bajo el vidrio y la gasa) los círculos de los ojos.

Se ríe, se ríe. Se ríe del embrollo que resulta, amargo, asqueado de sí mismo, sinceramente divertido de su torpeza, sobreexcitado, y decepcionado (…..).
Hay que inventar nuevas técnicas que sean irreconocibles, que no se parezcan a ninguna operación precedente, para evitar así la puerilidad y el ridículo. Hay que construirse un mundo propio, con el cual no haya comparaciones posibles. Para el cual no existan medidas de juicio anteriores. Las medidas deben ser nuevas, como la técnica. Ninguno debe entender que el autor no vale nada, que es un ser anormal, inferior, que es como un gusano que se retuerce para sobrevivir. Ninguno debe pescarlo en falta de ingenuidad. Todo debe presentarse como perfecto, basado sobre reglas desconocidas y, por lo tanto, imposibles de juzgar. Como un loco: si, como un loco. Vidrio sobre vidrio, porque Pedro no es capaz de corregir, pero ninguno debe advertirlo. Un trazo sobre un vidrio corrige, sin ensuciarlo, otro trazo antes pintado sobre otro vidrio. Pero todos deberán creer que no es el ardid de un incapaz, de un impotente, sino una decisión resuelta, impertérrita, altiva y casi feroz: una técnica apenas inventada y ya insustituible. O bien celofán o gasa pegados sobre vidrio, y el todo transparente sobre unos cuantos trazos que, por casualidad, han salido bien sobre el cartón, después de mil ensayos penosos y mil otros cartones desgarrados.
Nadie debe saber que un trazo sale bien por casualidad. Por casualidad, con temor: y que cuando un trazo sale bien, por milagro, sale bien, hay que protegerlo y custodiarlo como una reliquia. Pero nadie, nadie debe advertirlo. El autor es un pobre idiota tembloroso. Un desecho. Vive en el azar y el riesgo, avergonzado como un niño.

Arrebatado por un ímpetu de odio feroz –y a la vez con la calma un poco vulgar de quien ha hecho un cálculo- se alza frente al cuadro sobre el cual estaba inclinado, se desabotona la bragueta y orina encima de él.»

Pasolini, P.P. Capítulo 9. «Vocación y técnica». Teorema. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1970, pp. 72-74

«…Lleva la tela oscilante al medio del taller y la deposita en el suelo. Después, siempre ciego, cada vez mas obstinadamente ciego, va hacia otro ángulo del taller. La tarea es ahora mucho más complicada, y dos o tres veces está a punto de caer: elige los colores. Su mano roza acuarelas, oleos, barnices; al fin llega a la zona queque busca: un montón de envases. Los mezcla, como se mezclan las cartas o los dados, para ayudar al azar, y después escoge uno. Está cerrado. Tiene que abrirlo. Como un borracho se dirige hacia una mesa; pero ha perdido la orientación y le cuesta encontrarla. Al fin da con ella. Pero debe ahora encontrar el cajón y dentro del un aparato para abrir el envase. Aquí hay un formón. Con el perfora, torpemente el envase.

Ahora se trata de regresar al cuadro abandonado en medio del taller, sobre el suelo. Primero Pedro lo busca con la punta de los pies, explorando, paso a paso, el espacio que lo rodea. Después se inclina y camina casi arrastrándose por el suelo, en cuatro patas, pero con dificultad, porque debe tener el envase en una mano. Al fin choca contra la tela tendida en tierra. Palpándola con la mano, busca el centro. Suspende la lata a la altura del centro y después, muy lentamente, se incorpora, tratando de no apartar el envase del eje elegido. Cuando está de pie, con un rápido ademan inclina el envase y deja caer un poco de su liquido, al azar, en el centro del cuadro. La mancha –azul- se extiende, salpicando minúsculas gotas a su alrededor. Entonces Pedro deja en el suelo el envase y toma la tela así pintada. Siempre oscilando como un borracho y sin cuidarse de que el liquido gotee, busca una pared libre. Con un clavo, por cierto clavado con premeditación: cuelga de el cuadro. Pero todavía no abre los ojos para mirarlo; regresa, siempre con los ojos cerrados y casi con el rostro distendido y henchido por una sonrisa de intima y feroz satisfacción, al centro de su cuarto vacio…»

Pasolini, P.P.: Capítulo 11. «Donde se describe cómo el señorito Pedro acaba por perder o traicionar a Dios». Teorema. Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 1970, p. 79